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  • Opinión. Por la Dra. Cristina Rosales

    Fecha - 23 / 01 / 2018
    Cómo relacionarse con el paciente y cómo afrontar los propios temores en el momento de la muerte. El sistema de salud debe garantizar condiciones de trabajo que posibiliten el ejercicio de la medicina en condiciones adecuadas

    Recientemente, un estudio realizado entre un grupo de enfermeras que brindaban atención a pacientes terminales reveló un dato significativo: el 80% de las conversaciones entre el personal de enfermería y quienes estaban atravesando sus últimos momentos de vida estaban vinculadas a cuestiones físicas sobre el cuidado del enfermo; el 14% estaban centradas en dar apoyo emocional a la persona que estaba a punto de transitar el paso entre la vida y la muerte; y el 6% estaban relacionadas con aspectos religiosos y espirituales.

    El estudio no especificaba si se consideraba a estos pacientes terminales porque habían sufrido algún accidente o padecían una enfermedad grave. En oncología (especialidad que ejerzo desde hace muchos años) cuando hablamos de un paciente terminal nos referimos a una persona que ha sufrido una patología crónica bajo tratamiento durante varios años y ya no hay posibilidades de terapéutica con intención curativa, también englobamos en esta definición al paciente que está en los últimos momentos de vida.

    Los oncólogos acompañan a los pacientes desde el inicio de la enfermedad hasta el desenlace e, indudablemente, las temáticas de las conversaciones entre el profesional y ellos cambian según el estadio que el enfermo esté transitando. En un principio, las charlas están relacionadas con el tratamiento, las expectativas de vida, con los proyectos que cada persona tiene. Con el tiempo, el médico va conociendo otros aspectos de la vida personal y familiar del paciente, sus necesidades, a qué se dedica, cuáles son sus preocupaciones ante una posible invalidez, entre otras cuestiones. Y cuando llegamos a la etapa de acompañamiento del buen morir –que es una de las funciones del médico- de lo que se habla es de cómo el paciente puede transitar estos últimos momentos de la mejor manera posible y sin dolor.


    El necesario apoyo del equipo médico

    No es una tarea fácil pero el profesional debe estar preparado para enfrentar este tipo de situaciones y así poder afrontar las dificultades de la comunicación que se van acentuando a medida que las temáticas son más complejas.

    Hay estudios sobre el impacto de la práctica sobre el médico que determinan, por ejemplo, que en oncología se necesita soporte extra de colegas y otros profesionales. Por eso, el oncólogo durante su residencia o concurrencia está permanentemente acompañado por un equipo de médicos con mayor experiencia, que son quienes lo guían y le enseñan. En realidad, esto ocurre en todas las especialidades, pero en algunas de las llamadas críticas es necesario un seguimiento integral, que abarque una amplia gama de aspectos.

    El médico no está preparado per se para la lucha con un paciente con cáncer, debe formarse y tener muy claro que a veces un tratamiento bien indicado puede no funcionar y, también, debe comprender que tal vez no pueda llegar a explicarse el porqué. A pesar de la experiencia y el conocimiento, los profesionales siempre conservan la esperanza de que el paciente responda favorablemente, pero lo cierto es que cada uno tiene una forma diferente de responder al tumor. En esos casos, es indispensable el apoyo del equipo médico y el trabajo en conjunto.

    El residente, particularmente el médico joven, sufre un gran estrés; especialmente en oncología en donde es muy común que el médico sienta que podría ser una hermana, un tío, u otro familiar de él quien podría padecer la enfermedad. Esta empatía que se genera provoca mucha angustia. Por eso, en general, los oncólogos suelen trabajar con un equipo de psicólogos que colaboran.


    Cómo comunicar al paciente

    Los médicos con mayor experiencia son los que le enseñan a los nuevos cómo comunicar. Se instruye desde la observación; por ejemplo, se lo guía al joven colega sobre cómo actuar en el momento en que ya no se puede hacer más nada, solo acompañar y brindar calidad de vida al paciente, y junto con eso, debe aprender que lo más importante es respetar la decisión del paciente y su familia acerca de cómo desean transitar los últimos días de vida.

    Los profesionales consideran fundamental la comunicación con la familia del paciente y por eso, habitualmente, se les dedica tiempo para explicarles la situación del enfermo, ya que deben ser su soporte. Muchas veces los médicos deben acompañar a los padres de niños, adolescentes o adultos jóvenes que están enfermos y que deben hacer frente a la muerte de un hijo; por eso es importante el apoyo de un equipo de psicólogos, y la colaboración de enfermeros. Es un trabajo grupal pero, en definitiva, el médico es el referente.

    El oncólogo se convierte en el médico de cabecera de un paciente con cáncer y también pasa a serlo de su familia, sobre todo por los miedos que surgen. Ahí se establece un nexo con la familia donde es fundamental entablar una buena relación.

    Es muy difícil tratar a un paciente terminal porque sabemos que es alguien que está sufriendo o que va a morir, que seguramente tiene cosas pendientes por hacer. El médico debe considerar que ese hombre enfermo es un ser humano al igual que él, pero que está atravesando por una situación diferente y tratarlo como le gustaría a él ser tratado si pasara por una circunstancia similar, y esto genera mucho estrés.


    Situación laboral

    Desde la Amap y la Femeca venimos hablando de la situación laboral de los médicos residentes y del apoyo que necesitan. En los hospitales oncológicos existen salas de internación especializadas, pero en los hospitales generales de agudos o en las clínicas usualmente las internaciones de pacientes con cáncer se realizan en el área de Clínica Médica donde el residente -que debe hacer dos años de clínica- se debe enfrentar a este tipo de situaciones sin estar preparado. Por otra parte, si a esta falta de formación específica, le sumamos las extensas jornadas laborales que exceden las horas que determina la ley, los bajos salarios, o las presiones a las que se los somete, el panorama se vuelve realmente complejo. Una situación similar viven los médicos contratados o los monotributistas a quienes no se les respetan condiciones laborales dignas.

    En el caso de las residencias, no se logran cubrir todos los cargos, y muchos optan por las concurrencias, que es un sistema de formación de menos horas en el cual no se cobra sueldo pero deja margen de tiempo para trabajar en otro lugar. El trabajo de los médicos jóvenes no está bien reconocido. Si bien debería ser una prioridad formarlos como profesionales de calidad y con valores, terminan siempre en un segundo plano.

    En otros ámbitos como el sistema público de la ciudad de Buenos Aires, los médicos cuentan con una licencia por estrés que está vinculada con que el ejercicio de la medicina no es un trabajo ordinario, común ni habitual. El médico se somete a una serie de situaciones y muchas veces a hechos dramáticos, que nunca logran naturalizarse. El dolor del otro siempre deja una marca, una huella, que, por supuesto, debe servir para el crecimiento profesional pero no deja de influir en el estado de ánimo del médico. Por eso es fundamental el apoyo de un equipo de trabajo, y que del lado del empleador, se reconozca el esfuerzo de quién pone el cuerpo para trabajar por la salud de los demás.